El Futuro del Modelo de Desarrollo Europeo EL TRABAJO DEL EMPRESARIO EN EL CAPITALISMO

El Futuro del Modelo de Desarrollo Europeo

EL TRABAJO DEL EMPRESARIO EN EL CAPITALISMO

1.      En EKAI Center no somos expertos en economía marxista y es muy posible que confundamos las interpretaciones habituales o simplificadas de esta corriente con lo realmente planteado por Marx y sus seguidores. Partiendo de este criterio, una divergencia habitual de nuestro análisis con respecto a la economía marxista es, precisamente, la de la importancia del trabajo del empresario.
2.      Las versiones habituales del marxismo tienden a obviar –o minusvalorar- el trabajo del empresario dentro del análisis de la empresa capitalista. De esta forma, el marxismo llega a la conclusión de que el trabajo asalariado es el único aportante de valor en la empresa y, por lo tanto, cualquier beneficio percibido por el empresario es, en sentido económico, el resultado de una “explotación”, una detracción de recursos que corresponderían realmente a los asalariados.
3.      El análisis marxista es correcto al afirmar que el capital en cuanto tal no aporta valor sino bienes y servicios adquiridos en el mercado a un determinado precio.  El valor aportado por la empresa es exclusivamente la transformación de estos bienes y servicios adquiridos en otros productos y servicios distintos que la empresa ofrecerá al mercado. Este es el valor añadido que el mercado reconoce a la hora de adquirir bienes y servicios a un determinado precio.
4.      Sin embargo, este valor añadido no corresponde exclusivamente al trabajo asalariado adquirido por el empresario, sino también al trabajo aportado por el propio empresario. En el caso de los autónomos, el trabajo del empresario puede suponer la totalidad del valor añadido de la empresa. A medida que se contratan trabajadores, lógicamente, disminuye la proporción que el trabajo del empresario aporta sobre la totalidad del valor añadido.
5.      Esto no quiere decir que el beneficio percibido por el empresario sea siempre “justo” porque corresponde a su aportación de trabajo. El empresario no sólo es aportante de trabajo sino también “propietario” de la empresa. Esto le sitúa en la posición jurídica para decidir por sí mismo cómo retribuir el trabajo asalariado y, de esta forma, qué beneficio percibir.
6.      La contradicción estructural habitual en el capitalismo es, en este sentido, la de otorgar el poder político no en base a la aportación de trabajo sino de capital, a la vez que el mercado, en realidad, no reconoce valor añadido alguno a la aportación de capital.
7.      De esta forma, mientras la importancia que el trabajo del empresario tiene en el valor añadido crece a medida que aumenta el número de trabajadores y la complejidad de su gestión, el capital aportado espera ser retribuido en proporción a su propia cuantía.
8.      En la dinámica inicial del capitalismo, los dos factores van habitualmente de la mano. Las empresas crecen tanto en capital como en complejidad de la gestión y en número de trabajadores. Durante un tiempo, se mantiene la lógica capitalista de atribuir los beneficios al capital.
9.      Sin embargo, esta lógica tiende a romperse por dos vías:
A.     Porque la relevancia del trabajo del empresario es mayor a medida que crece la empresa, pero no proporcionalmente. La gestión del propietario de una empresa de 100.000 trabajadores no es mil veces más compleja que la del propietario de una empresa de 100.
B.     Porque, como consecuencia de la tendencia al incremento a largo plazo de la intensidad de capital, la proporción del valor añadido sobre el capital tiende a reducirse. Y esto afecta tanto al valor generado por los trabajadores asalariados como al generado por el trabajo cualificado del empresario.
10. De esta forma, a muy largo plazo, la creciente intensidad de capital sobre trabajo parece hacer cada vez más difícil de mantener esta contradicción. El incentivo estrictamente financiero para invertir capital se va reduciendo y, con él, el instrumento que parecía justificar que el empresario percibiera una retribución superior a la que correspondería a su propia aportación de trabajo.
11. En el horizonte teórico de una “empresa sin trabajadores” pero con un empresario que realizara al menos las funciones de administración o representación, el mercado tendería a reconocer exclusivamente el valor añadido generado por esta aportación de trabajo cualificada del empresario y, por lo tanto, se generaría valor añadido suficiente para, una vez amortizada la depreciación de los activos, retribuir al empresario como un trabajador autónomo cualificado. Lógicamente, ningún inversor capitalista estaría dispuesto a invertir en un proyecto cuyo resultado no genera beneficios, por lo que difícilmente ese empresario alcanzaría por sí mismo una posición de “dueño” o titular en una empresa de estas características, que debería haberse basado en algún tipo de inversión pública o cooperativa.